JULIO 2026
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Por Dr. Pablo Gulayin y Dra. Vilma Irazola*
La hipertensión arterial es el principal factor de riesgo modificable de la enfermedad cardio-cerebrovascular. El Estudio sobre la Carga Mundial de Morbilidad de 2019 estimó que fue responsable de aproximadamente diez millones de muertes, contribuyendo sustancialmente a la carga de enfermedad cardiovascular, especialmente en países de bajos y medianos ingresos.
En nuestro país, se estima que la hipertensión arterial afecta a más de un tercio de la población adulta, según la última Encuesta Nacional de Factores de Riesgo. Además, aproximadamente 1 de cada 3 personas que ignoraba que era hipertensa tenía la presión arterial elevada, poco más de la mitad de los hipertensos conocidos se encontraba bajo tratamiento y, entre estos, 6 de cada 10 se encontraba con presión elevada durante la evaluación.
A pesar de su alta prevalencia y del enorme impacto que tiene sobre la salud poblacional, las tasas de diagnóstico, tratamiento y control siguen siendo bajas. Esto plantea una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿seguimos fallando en lo básico?
Un punto crítico es la inercia clínica y la variabilidad inapropiada en la práctica médica. La persistencia de conductas guiadas por la “práctica habitual”, muchas veces no alineadas con las guías de práctica clínica, limita el control adecuado de la presión arterial. Aún hoy observamos una proporción elevada de pacientes tratados con monoterapia, cuando la evidencia y las guías recomiendan iniciar precozmente combinaciones de fármacos para lograr un mejor control. A esto se suman los frecuentes retrasos en el inicio del tratamiento antihipertensivo, al esperar que los cambios en el estilo de vida logren controlar las cifras tensionales en pacientes en quienes está documentado el efecto protector de los fármacos y cuyos beneficios requieren reducciones de la presión arterial que no pueden alcanzarse únicamente mediante modificaciones del estilo de vida.
Por otro lado, las barreras de acceso y las desigualdades socioeconómicas atentan contra un cuidado de salud continuo, integral y de calidad, constituyéndose en determinantes claves de la inequidad existente en salud cardiovascular. La hipertensión no solo es más frecuente y afecta de manera desproporcionada a quienes viven en países de ingresos bajos y medianos, donde los sistemas de salud son más débiles, sino que en las poblaciones más vulnerables de estos países genera además una mayor carga de enfermedad, discapacidad y muerte prematura, contribuyendo a perpetuar un círculo vicioso entre enfermedad y empobrecimiento.
A esta realidad se suma la cotidianeidad de los sistemas de salud, caracterizada por una alta demanda y tiempo limitado de consulta, que con frecuencia puede traducirse en la falta de medición sistemática, mediciones incompletas o sin seguir estándares internacionales, incluyendo el uso de tensiómetros validados, lo que dificulta el diagnóstico, seguimiento y control de la hipertensión. Asimismo, puede llevar a una evaluación incompleta del riesgo cardiovascular, limitando la posibilidad de guiar de manera efectiva intervenciones preventivas basadas en la estimación del riesgo cardiovascular global a largo plazo.
Asimismo, es importante señalar que uno de los principales desafíos es la adherencia terapéutica en los tratamientos crónicos en general, siendo un problema de salud pública aún mayor en países de bajos y medianos ingresos. Se ha observado que la baja adherencia entre pacientes hipertensos es de aproximadamente 45% y que la proporción asciende hasta el 83,7% entre los individuos con presión arterial no controlada. La adherencia es una de las piedras angulares del control de las enfermedades crónicas y, sin embargo, sigue siendo un problema subestimado. En la práctica cotidiana hay poco registro sistemático, escasa medición y casi ninguna intervención estructurada para mejorarla.
En definitiva, a pesar de contar con más evidencia, mejores tratamientos y guías actualizadas, los resultados a nivel poblacional siguen estando lejos de lo esperado. La brecha no parece estar en el conocimiento, sino en la implementación.
Generar evidencia no es suficiente, si no logramos que esa evidencia se traduzca en mejores prácticas y políticas en el mundo real. Bajo esta premisa, desarrollamos estudios que buscan entender qué intervenciones funcionan mejor en contextos locales, cuáles son las barreras y facilitadores para su adopción y cómo pueden adaptarse y escalarse de manera sostenible.
Convencidos de que el primer nivel de atención es clave para el diagnóstico y seguimiento de la hipertensión, hemos evaluado intervenciones multicomponente, destacando el rol de agentes comunitarios, que demostraron mejoras significativas en el control de la presión arterial en poblaciones vulnerables. Asimismo, durante la pandemia exploramos estrategias de monitoreo de la adherencia terapéutica basadas en el seguimiento de retiros de medicación en farmacia.
Actualmente estamos llevando adelante un proyecto junto a la Universidad de Harvard en cerca de 1000 personas con alto riesgo cardiovascular, en el que un aplicativo digital apoya al equipo de salud con recomendaciones personalizadas basadas en riesgo y alineadas con las guías de práctica clínica vigentes. Este enfoque nos permite contribuir a disminuir la brecha entre lo que sabemos que funciona y lo que efectivamente sucede en la práctica, contribuyendo al fortalecimiento de sistemas de salud más efectivos, equitativos y centrados en las personas.
La iniciativa HEARTS en las Américas, impulsada por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), también propone un cambio de paradigma en el abordaje de la hipertensión y el riesgo cardiovascular, centrado en el fortalecimiento del primer nivel de atención, la estandarización de prácticas basadas en evidencia y el trabajo en equipo en el nivel primario de atención.
Desde nuestro departamento, apoyamos activamente esta agenda a través de la generación de evidencia y el desarrollo de marcos de implementación que promueven el cuidado basado en equipos interdisciplinarios, con roles claramente definidos y una participación coordinada.
Priorizar la implementación efectiva, fortalecer el primer nivel de atención, tener en claro qué indicadores medir y cómo hacerlo, y reducir las brechas de acceso son pasos ineludibles si queremos mejorar el diagnóstico, control y seguimiento de las personas con hipertensión arterial. Más que desarrollar nuevos enfoques terapéuticos, el mayor impacto se logrará abordando de manera efectiva las barreras ya identificadas, para asegurar que los beneficios alcancen de manera oportuna y equitativa a todas las personas que los necesitan.
*Coordinador y directora del Departamento de Investigación en Enfermedades Crónicas del IECS

